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» Participación y democracia: Actores, prácticas y discursos
Lilian Celiberti – Articulación Feminista Marcosur

América Latina presenta elementos de integración, signos comunes, identidades e historias, metáforas de unificación y profundas segmentaciones, múltiples particularidades. Coexiste en un mismo acto lo que nos unifica y lo que nos segmenta y diferencia.

Los últimos 25 años en América Latina han estado pautados por los procesos de reconstrucción democrática después de las rupturas institucionales de los años 70. El agotamiento de los regímenes dictatoriales dejó sin embargo, profundas heridas sociales y políticas que aún no han terminado de cerrarse.

En Centro América, las llamadas guerras revolucionarias y contrarevolucionarias se abrieron a procesos de negociación e instauración democrática con débiles instituciones y profundas devastaciones sociales en contextos de ajuste y globalización. La guerra en Colombia, la pobreza y autoritarismo en Haití, la pobreza y marginación de millones de personas, las poblaciones indígenas históricamente postergadas, el racismo y la discriminación de los afrodescendientes, los desplazados, los y las migrantes, las inequidades de género y la ausencia de oportunidades para millones de niños y niñas nos denuncian el déficit democrático y de ciudadanía en América Latina.

América Latina dejó de ser un continente con regímenes de facto de preeminencia militar (hace 25 años solo 3 países vivían en democracia) para transitar hacia sistemas de derecho y regímenes pluralistas, pero enfrenta, profundos desafíos políticos, culturales y económicos. Los “sentidos de la democracia” se plantean en el escenario latinoamericano como el principal debate político. El reciente trabajo del PNUD “Hacia una democracia de ciudadanos y ciudadanas” se organiza en torno a tres preguntas ¿ cuál es el estado de la democracia en América latina? ¿ cuales son las percepciones y cuán fuerte es el apoyo de líderes y ciudadanos a la democracia? ¿ cuales serían los principales temas para un debate orientado a lograr un mayor avance en la democracia de ciudadanos?

En este debate sustantivo acerca de los sentidos de la democracia la relación democracia- participación es no solo un punto de partida sino el eje central. El creciente protagonismo de sectores históricamente excluidos en la realidad latinoamericana como las poblaciones indígenas, el movimiento de afrodescendientes y de mujeres, junto a otros múltiples actores excluidos, a la vez que interpela y cuestiona la democracia formal, contribuye a la afirmación en los “sentidos comunes” ciudadanos en torno a los principios democráticos y de ciudadanía. “El derecho a tener derechos” cuestiona y crea, los sentidos actuales de la democracia en la medida de que se corporiza en los/las personas concretas que adquieren la voz para demandar y crear nuevos sentidos.
En el mismo momento en que la globalización erosiona las potestades y competencias de los estados nacionales, crece el control ciudadano sobre ellos y se abren nuevos espacios de participación local, municipal y nacional que amplian y resignifican el concepto de ciudadanía y democracia.

El momento político en América Latina
En el estudio del PNUD ya mencionado se afirma que en la región existen hoy “democracias electorales”, aún de irregular participación electoral y que no ha logrado superar las barreras para la entrada de nuevos actores a la competencia electoral ( escasa representación de pueblos originarios, y afrodescendientes).

“Por consiguiente, aunque se avanzó en relación al funcionamiento electoral y hubo logros en términos institucionales, persisten serias deficiencias respecto del control que podrían ejercer los ciudadanos de la acción estatal. Los partidos políticos enfrentan un momento de alta desconfianza como agentes de representación, lo cual es un desafío clave para el desarrollo democrático.” (2004: 25)

Los procesos de “modernización”, las reformas y adaptación a los procesos de globalización han transitado por los caminos del ajuste estructural y las fórmulas neoliberales, colocando en jaque a las otras dimensiones de la democratización: mayor conciencia ciudadana, irrupción de demandas y de actores, búsqueda de nuevos espacios y mecanismos de participación ciudadana. Los procesos políticos contemporáneos en América Latina están atravesados por una sensación de encrucijada, dramática y patética por momentos y profundamente crucial para nuestro destino. Como expresa Gerardo Caetano: ...las últimas dos décadas han resultado muy pródigas en contrastes en todo el continente: al tiempo que caían las dictaduras militares y se producían en varios países experiencias importantes en la perspectiva de una reinstitucionalización democrática, se agravaba una profunda crisis económica y social en la región, con consecuencias muchas veces devastadoras para los partidos gobernantes y aún para el funcionamiento de los sistemas partidarios y políticos en su conjunto. A ello se sumó un aceleramiento de vértigo en las transformaciones en la escena mundial, con efectos por lo general no directamente beneficiosos para los intereses de los países del continente. La refundación democrática en América Latina se desplegaba así en un contexto nutrido de dificultades y desafíos. ( 2002)

Si el punto de partida para el fortalecimiento democrático como afirma el informe del PNUD “pasa por revalorizar el contenido y la relevancia de la política” y que las “soluciones a los problemas y desafíos de la democracia tendrían que buscarse dentro y no fuera de las instituciones democráticas” y que debe “recuperarse un papel constructivo de la política como ordenadora de las decisiones de la sociedad” es necesario analizar quienes son los actores de la política y como se fortalece el papel constructivo de la política como ordenadoras de las decisiones de la sociedad. (2004: 27)

Una de las principales transformaciones de las últimas décadas reside en el desplazamiento de los límites de la política que establece una reestructuración del campo político. El malestar con el sistema político y los políticos se vincula, según Lechnet con un imaginario colectivo que sigue esperando de ese espacio, una dirección que decida acerca de lo posible, lo probable pero también lo deseable. Un horizonte de futuro que permita hacer inteligible el presente. Al mismo tiempo este imaginario constituye una de las fragilidades más evidentes de la democracia. La brecha entre las instituciones políticas y las demandas crecientes de una sociedad mucho mas autoreflexiva e individualizada, hace irrumpir lo político más allá de las estructuras y jerarquías formales. La equiparación de lo político con la gestión estatal y de gobierno, y de la política con el sistema político, contribuye a profundizar la ausencia de diálogo entre los diferentes actores del sistema democrático.

Los temas que constituyen la agenda social han sido politizados por movimientos políticos-culturales que no sólo pretendían ampliar la agenda pública, disputar el espacio discursivo de la política sino que crearon en sí, un nuevo concepto de política que crece desde los bordes de la institucionalidad que cuestiona e interpela a la política institucional. Los problemas ecológicos y ambientales, la división público- privado, las relaciones de género, las formas de hacer política, la cultura de derechos, la diversidad, las relaciones de poder han sido politizados por actores sociales/ políticos que se organizaron al margen de los partidos y muchas veces en disputa con ellos. Estas experiencias, estas prácticas políticas, discursivas y simbólicas tienden a aumentar la brecha entre las instituciones políticas y los movimientos y organizaciones sociales. La pregunta es dónde y cómo, definir una agenda de debate que explore las contradicciones entre un imaginario político construido sobre la base de la administración del estado y una sociedad que coloca sus miedos e incertidumbres, su necesidad de reconocimiento y personalización, como componente de la calidad de la democracia.

Por una parte el proceso de democratización y el papel activo de la ciudadanía y múltiples actores sociales, han contribuido a crear una institucionalidad en permanente proceso de cambio, simbólicamente rica (defensorías, presupuestos participativos, descentralización municipal y participación ciudadana, leyes de participación y control, comisiones de la verdad, etc), pero esta institucionalidad coexiste con una práctica política empobrecida, autocentrada, y autoreferenciada de puertas adentro, atravesadas por luchas de poder y conflictos menores ( Beck) que incapacita a los partidos para comprender las subjetividades y dinámicas de la sociedad.

Las nuevas agendas y su inserción institucional.

En el proceso de legitimación de estas nuevas agendas ciudadanas ha jugado un papel muy importante las conferencias temáticas de ONU, la Eco 92, la de derechos Humanos Conferencia de Viena, la de Población y desarrollo, la de la Mujer convirtiéndose en verdaderos actores de la agenda del nuevo milenio, que habilitaron una inserción de estas temáticas en las políticas públicas de los estados nacionales y generaron nuevas visiones de políticas y aún de alianzas con actores institucionales. La incorporación de leyes de protección ambiental ( aún en la controversia acerca de la utilidad del mecanismo) o las leyes de violencia doméstica surgidas de la Conferencia de Belén do Pará, o la creación de mecanismos de avance de las mujeres en todos los países de la región, dan cuanta de ello.

La riqueza de la vida social y cultural se expresa en la arena política como la punta de iceberg, y “debemos comenzar por considerar lo social verdaderamente como “la otra cara de la luna”, como aquella parte de nuestra vida común que presiona constantemente para salir a la luz y que nos recuerda los límites de nuestros mecanismos de representación y de nuestros procesos decisorios”. (Melucci 2001). Desde este ángulo la democracia se mide precisamente por su capacidad de hacer aflorar los conflictos, para hacerlos públicos y colectivos.

Según el Informe del PNUD, “ los sistemas de partidos tienden a ser instrumentales y operativos, mientras que lo que necesitan es fortalecerse para ampliar la eficacia, la transparencia y la responsabilidad. Esta es, a juicio del informe, la mejor manera de reafirmar el rol indispensable de representación de la sociedad que ellos expresan. En tal sentido, los partidos políticos tendrían que comprender mejor los cambios en las sociedades contemporáneas, proponer nuevos proyectos de sociedad y promover debates públicos”.

¿Cuales debates deberían promover los partidos ? ¿Qué nuevos proyectos de sociedad necesitamos para fortalecer la democracia y la participación ciudadana?

Compartiendo el diagnóstico, tal vez debemos poner énfasis en la acción política como patrimonio de múltiples actores y en esta dinámica que se establece entre lo existente y lo deseable. Se ha repetido hasta formar parte de los sentidos comunes que la actual globalización económica disminuye la acción de los estados nacionales y sus capacidades de ejercicio de soberanía, como afirma Held “la globalización económica de ninguna manera se traduce necesariamente en una disminución del poder del Estado; más bien, está trasformando las condiciones bajo las cuales el poder del Estado es ejercido” (...) Sin embargo, hay que reconocer que los nuevos patrones de cambio regional y global están transformando el contexto de la acción política, creando un sistema de centros de poder múltiples y esferas de autoridad superpuestas- un orden pos- Westfalia-. Held, 1999, p. 441
El espacio de la lucha de los actores/as por ampliar los espacios de debate democráticos aún cuando crece en el espacio global se asienta en las experiencias de organización y disputa en los espacios nacionales y se combina creativamente en una pluralidad de marcos de significados de la acción y en diferentes escenarios políticos, sean estos globales, nacionales y locales.


Escenario de múltiples actores

Cuanto más se expande el espacio de la experiencia social, más se multiplican los significados. Esta pluralización del sentido y de las pertenencias es uno de los componentes mas desafiantes de las cartografías actuales.
Como expresa Judith Butler “ a diferencia de una visión que forja la operación de poder en el campo político exclusivamente en términos de bloques separados que compiten entre sí por el control de las cuestiones políticas, la hegemonía pone el énfasis en las maneras en que opera el poder para formar nuestra comprensión cotidiana de las relaciones sociales y para orquestar las maneras en que consentimos ( y reproducimos) esas relaciones tácitas y disimuladas del poder. (...) Más aún, la transformación social no ocurre simplemente por una concentración masiva a favor de una causa, sino precisamente a través de las formas en que las relaciones sociales cotidianas son rearticuladas y nuevos horizontes conceptuales abiertos por prácticas anómalas y subversivas” 2003 pág; 20

Esta visión de la hegemonía definida por Buttler es uno de los campos del debate entre los diversos actores. Para las feministas, para los y las activistas de un campo que podríamos llamar de derechos humanos por falta de mejor definición y otras y otros actores, parece claro que la participación no se reduce a una reunión alrededor de una mesa o una concertación de actores a partir de la negociación de agendas. La participación es una forma de vivir la democracia y ella abarca las prácticas anómalas y subversivas que se viven en el plano de lo subjetivo y personal, aquellas cosas que hacen a las formas de sentir y amar, a las formas de vivir y crear comunidad. En tal sentido la participación democrática abarca a la sociedad en su conjunto, a las niñas y niños en los centros educativos, en sus hogares y en la sociedad, a los adolescentes y jóvenes, a las mujeres, a los gay, lesbianas, transexuales o trangéneros, a los actores políticos y sociales pero también a quienes construyen cultura, poesía, arte.

En tal sentido no existe “una agenda que unifique las luchas” sino múltiples actos políticos que legitiman la multiplicidad de agendas y agencias de las personas y colectivos, como sujetos políticos de los cambios.

Desde esta percepción de la participación es que valoramos el FSM como un espacio de práctica del diálogo y encuentro entre diferentes visiones, estrategias y agendas. Romper la dicotomía entre economía y sociedad, economía, naturaleza y sociedad, reinventar un mapa emancipatorio que se construya desde las luchas e identidades particulares y no en contra de ellas, reinventar un imaginario social pleno capaz de competir con el consenso neoliberal (Laclau, 306: 2003) y el pensamiento único, convocando a la diversidad y la pluralidad de sujet@s y actor@s, parece el camino más difícil y sin duda más desafiante.

Entre los diferentes movimientos sociales y entre diferentes actores/as políticos, existe aún un escaso reconocimiento mutuo. El reconocimiento del otro/otra como actor/a de la construcción de un espacio democrático no está fuera de relaciones jerárquicas de poder construidas socialmente, ni de la tensión inherente a la definición del “nosotros – otros”.

La creación de identidades políticas como ciudadanos depende de una forma colectiva de identificación entre las exigencias democráticas que se encuentran en una variedad de movimientos, mujeres, negros, trabajadores, identidades sexuales, ecologistas. La construcción de un “nosotros” con cadena de equivalencias en sus demandas como dice Chantal Mouffe supone reconocer que un concepto de democracia inclusiva debe articular esta diversidad de subjetividades sin hacer predominar unas sobre otras. No se trata de una mera alianza entre diferentes intereses, sino de cómo modificar la identidad misma de los movimientos. Esta posibilidad de interacción, negociación y diálogo depende también del clima democrático de la sociedad, de la afirmación y ejercicio de derechos, de los debates y la crítica, de la reflexión y las acciones de control ciudadano, de la pugna constante por abrir nuevos ámbitos de participación. La democracia de ciudadanas y ciudadanos requiere el fortalecimiento de la sociedad civil en todas sus expresiones y formas de organización, para recorrer como dice Baoventura de Souza “ un camino de debate, de confluencia de experiencias y de reconocimiento de las nuevas formas de sociabilidad, de nuevas subjetividades emancipatorias, de nuevas culturas políticas para poder “reinventar un mapa emancipatorio que no se convierta gradualmente en un nuevo mapa regulatorio” y reinventar una subjetividad individual y colectiva capaz de usar y querer usar ese mapa”como “el camino para delinear un trayecto progresista a través de una doble transición, epistemológica por un lado y societal por otro”. ( de Sousa Santos, 2000, p. 330).

Al definir la teoría de la traducción, Souza Santos propone un procedimiento que no atribuye a ningún conjunto de experiencias el estatuto de totalidad y de homogeneidad, y concibe el trabajo político como la posibilidad de establecer nuevas relaciones en diálogo, sin canibalización de unas prácticas sobre otras, de unos sujetos sobre otros.

Democratizar la democracia es una tarea que requiere de miles iniciativas que van desde los ámbitos de reproducción y afectividad, a la comunidad y la arquitectura internacional. Las nuevas subjetividades plantean también nuevas exigencias democráticas tanto en el plano institucional como en el político y social para realimentar paradigmas, en los que la clase, la etnia, el género, la edad y muchas otras categorías sean ejes válidos y reconocibles de diferenciación mas no de desigualdad, entrando en intersección e interacción entre sí para construir nuestras subjetividades, acordes con los nuevos tiempos.

Bibliografía consultada

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Castells Manuel, La era de la información, Vol II El poder de la identidad. Siglo XXI Editores 1999
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